miércoles, septiembre 24, 2008

La compasión es la contracara del extrañamiento.

Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente en BAE el 4/9/08 y el título es dignidad y respeto, pero preferí el que titula el post.

Dignidad y respeto
Alejandro Kaufman

Nuevas protestas docentes y estudiantiles denuncian la naturalización de la pertinaz indigencia material en aulas, bibliotecas y laboratorios. Cada tanto se desencadena la indignación y la impotencia de miles que salen a la calle, dictan clases públicas, ocupan sedes escolares o universitarias. Estos acontecimientos suelen ser relatados por los medios de comunicación hegemónicos y por diversos protagonistas sociales y políticos en formas ambivalentes. En las pantallas, la miseria y la precariedad se exhiben de una manera obscena.¿Denuncia? ¿Lesión de un bien valorado? ¿Demostración de un conflicto social? En lugar de todo ello, se nos impregna de ambigüedades morbosamente editadas y exentas de salvaguardas reflexivas o analíticas. ¿Por qué asistimos a imágenes calcadas, siempre reiteradas, transitadas con prolijidad? Imágenes que se nos presentan con la cifra de la miseria: producen tanta compasión como rechazo.

La compasión es la contracara del extrañamiento. Si eso desagradable que se exhibe no puede dar lugar a un comportamiento de superación y remedio, si forma parte de una condición de normalizada persistencia, el mensaje –entonces- ya no opera como denuncia, ni siquiera como información de lo que contiene. No es el contenido aquello que se informa como tal en relación a un problema que se podría examinar y con el que comprometerse. La minucia obscena y recurrente de lo que no tiene remedio se convierte en el signo de lo extraño. Aquello es de lo que hay que alejarse. Aquello es lo que habría que separar del flujo de lo deseable. No puede haber maniobra más confluente con los intereses privatistas que semejantes exhibiciones de impudoroso menoscabo.Los espectadores ¿no lo advertimos? Quienes piensan -no obstante todas las evidencias- que la exhibición es valiosa sin contradicciones, cualquiera sea la forma en que se presente, ¿no borran con el codo lo que escriben con la mano? Quién sabe.

La exhibición del pintoresquismo compasivo se ha convertido en costumbre, y es de esperarse que los órganos de la sensibilidad se hayan anestesiado. De otro modo, reaccionaríamos espantados ante tales imágenes, y requeriríamos otras modalidades narrativas. La demanda de modalidades narrativas alternativas, discretas acerca de los detalles morbosos pero ricas en análisis e interrogantes, habrán de impulsar futuros movimientos sociales, salvo que ni siquiera alberguemos la esperanza de que la imaginación creadora de los colectivos sociales prevalezca sobre la esclavitud sensorial.El fondo de lo que el espectáculo presenta como obscenidad remite a muy antiguas tradiciones de exhibición pública de la humillación y muerte de una víctima propiciatoria. Los medios hegemónicos vienen haciéndolo con la educación pública desde hace años. Sus esfuerzos exhibitivos de lo deletéreo son inversamente proporcionales de los que emprende para informar, debatir o analizar.

Un charco de agua sucia en un sótano se basta a sí mismo para incidir en las retinas. No hace falta ninguna otra dimensión del sentido para justificar y completar una agenda.Es lo que estuvo en juego en el drama de la redistribución de las becas para los secundarios. Allí se procedió comunicando un aserto impecable y racional. Hasta remedaba de manera sorprendentemente invertida un debate reciente en otra escala: redistribución de la riqueza.

Quitar magros fondos a quien no los necesita para dárselos a quien más los necesita. ¿No era de eso que estábamos hablando? Hay aquí solo una aparente similitud lógica, porque el caso fue el contrario, anular una escasez para reforzar otra. Propuesta no resistida por su debilidad lógica, para sorpresa de los responsables, sino por la inadvertida consecuencia humillante para sus destinatarios. Una equidad mal entendida, en un contexto de carencias y largas historias de menoscabo. Se logró así que los estudiantes ocuparan por lo menos una docena de colegios.

Es curioso que ni en este caso ni el de las universidades escuchemos hablar de dignidad y respeto. Esos son valores reservados a los productores de alimentos.